- Hace tiempo que no veo a su señora ¿Cómo está ella?
- Le agradezco su pregunta, gentileza y buena memoria.
- Es que trato de ser una persona muy educada.
- Le soy sincero al confesarle que ella ya no vive junto a mí en la casa del Cerro Alegre, esa que alguna vez gratamente lo cobijó.
- Usted disculpe, no quise ser impertinente además. Mi pregunta solo la hice por buenos modales y casi por costumbre, pero entiendo que hoy la costumbre es menos normal de lo que parece y lo habitual se vuelve común.
- Descuide, ni siquiera nos vemos, ni intercambiamos nada.
- Debe estar usted muy triste
- Para nada, ella se fue con su profesor del gimnasio donde iba todas las tardes a tomar clases de baile entretenido.
- ¿No está molesto entonces?
- Por el contrario, los felicité a ambos. No soy egoísta, nada me pertenece.
- ¿Y no le da nostalgia tampoco?
- No, yo solo atesoraré los recuerdos, los buenos, de los otros mejor no hablar.
- ¿Y del profesor?
- No fui capaz de darle una carta de recomendaciones. Usted sabe, esas cosas hay que merecerlas.
- Tiene usted razón. ¿Y pasando a otro tema cómo va su trabajo?
- Sobre el trabajo que por años realizo y que tantos sentimientos le evocan, le digo que ya nada es lo mismo.
- Que lástima, tan solvente que se veía su empresa
- Estamos pésimos, muy mal. A fin de año quebramos, se lo doy firmado. Este es un barco que difícilmente sobreviva a tanta crisis y estupidez humana.
- ¿Y los jefes no se dan cuenta?
- No, estamos siendo administrados por el grupo de “los lerdos indiferentes” que son los peores.
- Ojalá no despidan a nadie
- Los rumores versan, pero las paredes de los pasillos están llenas de esos cartelitos con la advertencia.
- ¡Que desgracia, amigo mío!
- Vamos dispuestos al naufragio más severo y fatal.
- Le deseo, entonces, que se arregle la situación.
- En todo caso pronto será mi salida de este lugar, en el que compartimos lectura y sapiencia.
- Veo con grata sorpresa que me escabullí a tiempo entonces. Aquí estoy mucho mejor.
- Desde su posterior Hégira, como un Mahoma cualquiera encaminando sus pasos hacia “tierra adentro”, a rasguñar piedras, a esculpir mármoles y estar en contacto con ese mundo del sigilo y el misterio, con flores marchitas y de plásticos, las cosas han ido de mal en peor.
- Oiga, no es para tanto, solo me fui a trabajar al Cementerio.
- Al menos en su lugar las cosas están claras, los clientes no pueden reclamarle
- Eso si es cierto. Ninguno de ellos ha vuelto para reclamarme de la atención.
- Le agradezco su pregunta, gentileza y buena memoria.
- Es que trato de ser una persona muy educada.
- Le soy sincero al confesarle que ella ya no vive junto a mí en la casa del Cerro Alegre, esa que alguna vez gratamente lo cobijó.
- Usted disculpe, no quise ser impertinente además. Mi pregunta solo la hice por buenos modales y casi por costumbre, pero entiendo que hoy la costumbre es menos normal de lo que parece y lo habitual se vuelve común.
- Descuide, ni siquiera nos vemos, ni intercambiamos nada.
- Debe estar usted muy triste
- Para nada, ella se fue con su profesor del gimnasio donde iba todas las tardes a tomar clases de baile entretenido.
- ¿No está molesto entonces?
- Por el contrario, los felicité a ambos. No soy egoísta, nada me pertenece.
- ¿Y no le da nostalgia tampoco?
- No, yo solo atesoraré los recuerdos, los buenos, de los otros mejor no hablar.
- ¿Y del profesor?
- No fui capaz de darle una carta de recomendaciones. Usted sabe, esas cosas hay que merecerlas.
- Tiene usted razón. ¿Y pasando a otro tema cómo va su trabajo?
- Sobre el trabajo que por años realizo y que tantos sentimientos le evocan, le digo que ya nada es lo mismo.
- Que lástima, tan solvente que se veía su empresa
- Estamos pésimos, muy mal. A fin de año quebramos, se lo doy firmado. Este es un barco que difícilmente sobreviva a tanta crisis y estupidez humana.
- ¿Y los jefes no se dan cuenta?
- No, estamos siendo administrados por el grupo de “los lerdos indiferentes” que son los peores.
- Ojalá no despidan a nadie
- Los rumores versan, pero las paredes de los pasillos están llenas de esos cartelitos con la advertencia.
- ¡Que desgracia, amigo mío!
- Vamos dispuestos al naufragio más severo y fatal.
- Le deseo, entonces, que se arregle la situación.
- En todo caso pronto será mi salida de este lugar, en el que compartimos lectura y sapiencia.
- Veo con grata sorpresa que me escabullí a tiempo entonces. Aquí estoy mucho mejor.
- Desde su posterior Hégira, como un Mahoma cualquiera encaminando sus pasos hacia “tierra adentro”, a rasguñar piedras, a esculpir mármoles y estar en contacto con ese mundo del sigilo y el misterio, con flores marchitas y de plásticos, las cosas han ido de mal en peor.
- Oiga, no es para tanto, solo me fui a trabajar al Cementerio.
- Al menos en su lugar las cosas están claras, los clientes no pueden reclamarle
- Eso si es cierto. Ninguno de ellos ha vuelto para reclamarme de la atención.

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