- Después de nuestra conversación de ayer retumban en mi casco cerebral vuestras últimas palabras: Donde me voy estaré mucho mejor.
- Bueno, quise decir que en mi nuevo trabajo estaré mejor que en el otro.
- Raro por decir algo, muy curioso imaginarme que ahí se pasa mejor.
- Aunque sea de perogrullo decirlo, hay más tranquilidad con los clientes.
- Es todo un asombro para mi entendimiento aventurado.
- Bueno, entenderá usted que por algo lo llaman Patio de los Callados
- Tal vez tenga razón, es solo algún ortodoxo método, ya vera que es así solo son estilos de ver la realidad.
- La realidad no es absoluta.
- Tiene razón. Recuerde que otros lo llaman Camposanto.
- Que de campo y de santo tienen poco
- De todos modos lo invito a venir a verme cuando lo desee. No digo que recorreremos el lugar charlando sobre la vida, sería mal visto por los que acá son los usuarios.
- Le agradezco la sugerencia, pero igual no iré.
- No tenga temor en venir, recuerde que usted más de alguna vez me insinuó que era ave nocturna
- Le confieso que alguna vez quise ser un Príncipe de la noche, del silencio y de la inmortalidad.
- ¿Entonces en que topa?
- Mire usted, me hubiese agradado ser un temido vampiro, volar, seducir a mujeres con delgados cuellos, de esos aromáticos, suaves; pero la vida me ha negado tal dicha, salvo en alguna bohemia amanecida, temerle a la salida del Sol y pequeños chupones en la garganta.
- Insisto entonces en su visita.
- En verdad no tengo agendado presentarme aún a tan singular lugar. Entiendo que la pensión está llena y por el momento yo no quiero hacer reserva alguna.
- Bueno, será en otra ocasión entonces.
- Por supuesto que me saluda a todas las amistades de allá. A los que partieron y que ya son muchos. Los compañeros que se los llevó la maldita enfermedad, esa que consume asolapadamente.
- ¿La del cangrejo?
- No, la del Sentido común.
- Bueno, quise decir que en mi nuevo trabajo estaré mejor que en el otro.
- Raro por decir algo, muy curioso imaginarme que ahí se pasa mejor.
- Aunque sea de perogrullo decirlo, hay más tranquilidad con los clientes.
- Es todo un asombro para mi entendimiento aventurado.
- Bueno, entenderá usted que por algo lo llaman Patio de los Callados
- Tal vez tenga razón, es solo algún ortodoxo método, ya vera que es así solo son estilos de ver la realidad.
- La realidad no es absoluta.
- Tiene razón. Recuerde que otros lo llaman Camposanto.
- Que de campo y de santo tienen poco
- De todos modos lo invito a venir a verme cuando lo desee. No digo que recorreremos el lugar charlando sobre la vida, sería mal visto por los que acá son los usuarios.
- Le agradezco la sugerencia, pero igual no iré.
- No tenga temor en venir, recuerde que usted más de alguna vez me insinuó que era ave nocturna
- Le confieso que alguna vez quise ser un Príncipe de la noche, del silencio y de la inmortalidad.
- ¿Entonces en que topa?
- Mire usted, me hubiese agradado ser un temido vampiro, volar, seducir a mujeres con delgados cuellos, de esos aromáticos, suaves; pero la vida me ha negado tal dicha, salvo en alguna bohemia amanecida, temerle a la salida del Sol y pequeños chupones en la garganta.
- Insisto entonces en su visita.
- En verdad no tengo agendado presentarme aún a tan singular lugar. Entiendo que la pensión está llena y por el momento yo no quiero hacer reserva alguna.
- Bueno, será en otra ocasión entonces.
- Por supuesto que me saluda a todas las amistades de allá. A los que partieron y que ya son muchos. Los compañeros que se los llevó la maldita enfermedad, esa que consume asolapadamente.
- ¿La del cangrejo?
- No, la del Sentido común.

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